viernes, 20 de febrero de 2015

No os rindais.

A mi amiga Paquita la despidieron por guapa, por crack, no me cabe duda. Por  más vueltas que le doy es que no se me ocurre un motivo por el que la reducción de plantilla le tuviese que afectar precisamente a ella. Pero, ¿qué tienen en esa empresa? ¿Diamantes pulidos? Si la conocieseis sabríais que no me puede el cariño. A cualquiera con vista le interesaría contratar a una persona como ella.

 El problema de este país también es la miopía empresarial. Y la mediocridad.

A Paquita le cuesta conciliar el sueño alguna noche. La incertidumbre ante la posibilidad de que su situación se prolongue...Porque ya no es una niña y tiene familia. La entiendo. Me preocupa que ya no se levante por las mañanas con la misma energía que siempre, aunque sea directa consecuencia de la falta de sueño, o pueda serlo.

Intento transmitirle que no siempre los árboles nos dejan ver el bosque, que se ponga una fecha límite. Y te lo digo ahora, Paquita, cuando la ilusión parece esfumarse la determinación debe ocupar su lugar. No es una frase mía, sino de una película que vi hace poco, "Laurence anyways".

A mi amigo Jesús también lo despidieron. Por competente, por válido, por resolutivo. Por encantador. Otro que lo tiene todo para trabajar en su rama profesional. Hace unos días estaba nervioso ante la perspectiva de una entrevista de trabajo. "Vete todo lo tranquilo que puedas. El no ya lo tienes... Y no te arrugues porque contratarte a ti es un verdadero privilegio. Ganan ellos más que tú. Bueno....ya me entiendes, con humildad pero con entereza".

Cómo si hiciese falta decírselo! Él mismo reconocía nuestra pertenencia al club de los críticos más descarnados con nosotros mismos. Algún día aprenderemos a enterrar el látigo con el que nos atizamos, le dije.

A Paquita y a Jesús los despidieron también porque se podía. Porque cambiaron las leyes. También ocurre que se prescinde de trabajadores mejor pagados y con experiencia a cambio de gente que no la tiene y acepta un microsueldo. No alimento luchas generacionales que no me interesan para nada. Otra forma de trabajar es posible también.

Por supuesto que me quejo de mi trabajo, cuando el estrés me puede o la jornada se prolonga indefinidamente, porque me lo exige la propia tarea y no se puede decir que no a éso. Es trabajo.

Soy consciente, sin embargo, de que hay mucha gente válida, competente, con mucha experiencia y formación; con ganas y mucha guerra que dar, como Paquita y Jesús, que han sido injustamente expulsados del mercado laboral, y a los que su edad, sin pararse a contemplar nada más en su currículum que el día y el año de su nacimiento, les resta oportunidades todos los días. Hay muchas Paquitas y muchos Jesuses.
Mis amigos encontrarán un hueco, porque no se arredran, porque son energéticos y peleones, siempre lo fueron. Y no lo digo de gratis, lo pienso de verdad. Se lo digo hoy porque no se lo había dicho nunca, así, de forma tan explícita. No os rindáis

jueves, 19 de febrero de 2015

Ni micromachismo ni maltrato de baja intensidad.




“¡Que te calles, histérica de los cojones...! A ver, ¿qué te pasa hoy? ¿Ya estás cabreada, o deprimida? Si estás deprimida trátate. ¡Serás rara, mira que eres rara... que te calles he dicho. Me sacas de quicio! ¿Cómo? ¿Que no te dejo hablar? Por supuesto que te dejo hablar”.

Durante años asisti impávido al maltrato puro y duro de una compañera ejercido por un jefe déspota. Fue gradual. Empezó por interrumpirla a cada momento cuando hablaba; a desautorizarla; a utilizar ese sarcasmo despectivo que tanto odio ahora.

La fue aislando poco a poco, le encargaba trabajos sin importancia, ridiculizaba sus capacidades en público. La dejaba en evidencia delante de los clientes... A veces ella perdía la paciencia y le lanzaba algún exabrupto, discutían. Parecía una guerra, a veces. Si no se prestaba atención a los detalles, claro. Él era el jefe y ella la empleada. Volvía temblando a pedirle perdón y ahí comenzaban los gritos a convertirse en ensordecedores.

 Y el miedo fue creciendo y acabamos presenciando un acoso psicológico de libro. Contra lo que pueda parecer, mi jefe no era ni mejor ni peor que la mayoría de los hombres que uno puede encontrarse por la calle.

Yo no le seguía el juego, a pesar de sus constantes desautorizaciones, como hacían otros compañeros. Su víctima me inspiraba lástima y no sabía como ayudarla. Hoy lamento profundamente mi silencio.

Mi ahora amiga era el cubo de basura del departamento. Al principio era una mujer estupenda; un poco osada a veces, con mucha energía, simpática, con don de gentes; amable.

Con el paso del tiempo vi cómo se hacía cada día más pequeña. Se iba apagando. Ya sé que el maltrato no es siempre machista, pero éste lo era.

 “Aquí mando yo, yo, yooooo...” Golpes en la mesa, pateo enérgico. Gritos... “Estás aquí porque das conmigo, otro ya te habría despedido hace años”.

La vi temblar, respingar, hacer como si nada pasase con una sonrisa forzada y congelada, encerrarse en el baño para llorar. En silencio.

 Para entonces me hacía el despistado para seguirla. Era difícil cruzarse la mirada con ella. Se volvía diminuta, cabizbaja, no se la oía ni caminar. Podía mimetizarse en una mesa, una silla, un ordenador.

 El cubo de basura del departamento hacía los trabajos más desagradables y era la víctima también de todas las burlas. No sé como se las arregló para hacerse la sorda. Pero lo hacía. Y muy bien. Ocultaba su dolor como nadie.

Un día me lo preguntó directamente. “¿Tú crees que soy rara? ¿Que hago las cosas peor que vosotros, que soy una inútil, que lleva razón?” - Da igual lo que hagas, no puede tratarte así. Y no, no eres peor que nadie. Tú vales mucho, ¿me oyes? Mucho. ¿Y sabes qué? Lo que te hace es denunciable.

 Ninguno de los dos trabaja ya en esa empresa. Cada uno, a su manera, ha conseguido encontrar un hueco profesional. Quizá no hacemos exactamente el trabajo que queremos, pero estamos a gusto. La tranquilidad no tiene precio.

Aún somos amigos pero sé, aunque solo me lo dijese una vez y de la peor manera, borracha perdida, llorando sin control, que no me perdona del todo tantos años de mutismo. No nos lo perdona a ninguno.

No se puede asistir al maltrato y no decir nada. Nunca denunció la violencia sin marcas que sufrió. Nunca irá a terapia. Hubo una mujer antes y otra después del maltrato. Lo último que me dijo, ayer, hablando por teléfono: “Odio esa palabra nueva, el micromachismo. No hay micromachismo ni maltrato de alta o baja intensidad. Es machismo y es maltrato. Punto”. No pude contradecirla.


jueves, 27 de marzo de 2014

Niños difíciles

El insomnio me deja inmóvil, mirando a un punto fijo detrás de una ventana, con unas leves cortinas. Me acuerdo de quien se esconde detrás de una persiana, pone unos estores oscuros que tapan la luz. Yo la necesito. Esto es Galicia. "Te miran los vecinos". ¿Me miran? No entiendo ese voyeurismo. ¡Anda que no me gusta mirar pero lo que ocurre puertas adentro es sagrado!

Entre vuelta y vuelta, me pongo a pensar en los niños y niñas difíciles de mi entorno y en sus madres. Son mis elegidos, los que me gustan de verdad.

Me pasa como con los adultos. Los raros me apasionan. Los que sienten mucho o demasiado poco. Los que no paran de hablar. Los tímidos o muy extrovertidos. Los que se manchan mucho, no duermen, no quieren dar un beso... Los que no paran de gritar, los que desobedecen. Los niños, en definitiva, que no caen simpáticos, que son difíciles aunque no les pase nada. O aunque lo parezca.

No son plato de gusto. Cansan. "A veces la mataría", dice su madre, "y mira que la quiero". Y se sienten fatal porque se culpan, su propio entorno los culpa.  A ambos, padre y madre. "¿A quién habrá salido?, ya te dije yo que tenía mucho carácter..."

Y lo peor de todo, esa frase: "Si fuese hijo mío..." Que me recuerda a María que le espetó a una desconocida. "Si fuese hijo suyo yo también le haría todas esas cosas que me dice, pero resulta que es mi hijo".

Me gusta estar con los niños, mis sobrinos, los hijos e hijas de mis amigos.  Hablar con ellos, con los adolescentes, aunque éstos miren al vacío y piensen en un silencio nada cómplice, "¿Qué sabrás tú quien soy yo y lo que va por mi cabeza?". Y están cargados de razón pero la cuestión es que me interesan. Mucho.

Hay quién dice que me entiendo bien con los niños porque nunca acabé de crecer. Me preocupaba más antes. Sé lo que entraña la madurez. "Esa interminable crisis de ida y vuelta que comienza con la de los 40 y no se termina nunca", que dijo tan acertadamente Duarte. Crisis Guadiana.

Los sobris, como dice Lui... Para mí son incuestionables. Los quieres hasta en sus errores. Los quieres todavía más cuando se equivocan. Ser madre tiene que ser la leche pero ser tía tiene sus satisfacciones. Inmensas.




sábado, 8 de marzo de 2014

Mujeres que no paran de hablar


(....Todo parecido con la realidad es mera coincidencia...)

Mi vecina del cuarto piso es como una metralleta. Si te pilla no te suelta. Yo la dejo hablar, le doy conversación, no me parece una pesada ni la evito, como me comenta algún que otro vecino. Es una mujer inteligente, muy buena persona y desprende mucha ternura y también mucha vulnerabilidad. A veces me apetece adoptarla pero mis dos niñas la devorarían.Por evitarla, ni le miran a la cara cuando coinciden en el ascensor y en lugar de darle los buenos días emiten un gruñido. Son buenas chicas pero están en plena adolescencia.

El otro día, por primera vez, decidimos quedar para tomarnos una caña y supe muchas cosas de su vida. La primera de todas ellas, que su soledad no es elegida ("te juro que yo nunca he hablado tanto en toda mi vida"). Lo sé. Las personas que viven solas, aquellas a las que les gusta comunicar, hablan más. Lo necesitan.

Me habló de muchas cosas. De una madre absorbente y dominante que no le había dejado ser; de un episodio de acoso sexual en el trabajo del que aún se estaba reponiendo; de una relación que casi acaba con ella. Le animé a intentarlo de nuevo. A no cerrarse. "No todos los hombres son iguales... O las mujeres", le dije.

Mi vecina no es la única persona que conozco que no para de hablar. Mi propia hermana es así. Sobre todo cuando se siente herida. Debe ser algo genético porque todas hablamos mucho cuando nos pasa algo que no nos gusta.


Lleva diez años con un marido que apenas le dirige la palabra. Ni a ella ni a nadie. En un primer momento pensé en esas tonterías de la pareja ideal y la atracción de contrarios. Francisco tenía una cualidad impagable porque sabía escuchar pero se ha convertido en un hombre ensimismado. Lo es en su trabajo y también cuando llega a casa, en las celebraciones familiares, y no diré con su círculo de amigos porque ya no lo tiene. No le pasa nada. O éso dice. Se ha vuelto un solitario y un ermitaño, pero no vive solo. Sus hijos se comunican con él a través de mi hermana y ella se siente muy sola en su propia casa...(Sus hijos son también adolescentes, esa etapa en la que comienzan a volar solos, y eso es incuestionable...) Hablamos las mañanas de sábado en la que las cañas son ya una institución; hablamos por teléfono, y habla muchísimo en las reuniones familiares. Yo no digo nada, ni a ella se lo digo, pero sé que lo necesita,  hablar.

Conozco a una Alicia antes y después de Pablo. No intervengo jamás en una relación y no doy mi opinión ni me posiciono pero en el caso de Alicia  tuve que hacerlo. Pablo es una mala bestia que jamás ha querido a mi amiga. Creo que no sabe querer a nadie, ni siquiera a sí mismo. Fué un niño maltratado psicológicamente como mínimo. Alicia era, sin embargo,  una niña muy querida. Su relación ha sido tormentosa desde principio a fin. Sabía cuando pasaban por un buen momento porque estaba relajada, sosegada, volvía a ser ella. Cuando las cosas se ponían feas hablaba sin control, con esa verborrea tan característica de la ansiedad o el miedo.  Siempre recurría a mí cuando tenía una bronca con él. Y supongo que no sólo a mí. Pablo le decía cosas durísimas, casi ninguna cierta. Escuchar día tras día el mismo mensaje cargado de rabia le hace a una dudar de su propia esencia. Pablo es un amargado. Las personas como él  no suelen soportarse a sí mismas, por éso acusan a su entorno, lo insultan, le faltan al respeto. Alicia está rompiendo al fin. Creo que se cansó de preguntarse cosas a sí misma y decidió pasar a la acción.



Ana es mi mejor amiga. De adolescentes hablábamos horas. Tanto sus padres como los míos nos prohibieron el acceso al teléfono. Los suyos lo metieron en una caja con llave. Los míos me cronometraban. Por supuesto que ella encontró la llave y yo conseguí hacer llamadas a escondidas. Lo seguimos haciendo ahora, hablar como cotorras por teléfono. No vivimos en la misma ciudad pero sé que lo haríamos también si viviésemos cerca. Somos muy parecidas. Necesitamos comunicar pero nos pasa con muy poca gente. Y, con demasiada frecuencia, gente que lo pasa mal nos cuenta su vida. Nos ocurre hasta con desconocidos. Sé que hay una disponibilidad de nuestra parte a escuchar problemas. Que no nos eligen por azar. Mi marido lo pone en duda. ¿Tú escuchando? ¡Si no paras de hablar!

Nadie se comporta de la misma forma todo el tiempo y con todo el mundo. Por ejemplo, con mi marido. Hace años que no me escucha,  aunque sé que me quiere. Y cuanto menos me escucha más le hablo yo. Mi hija mayor se enfada. "¿pero es que no te das cuenta de que no te hace ni caso?" Claro que me doy cuenta. Hablo para escucharme a mí misma, para reflexionar en alto. Lo hago con la gente que no me presta atención, que se descuelga de la conversación.

Y sé que me quiere mucho aunque mi hija lo dude. Ella no se acuerda, o se acuerda mal porque mi marido las mandó a las dos a casa de mi madre,  pero hubo una ocasión que deje de hablar, del todo. Me diagnosticaron depresión por agotamiento físico y psíquico. Y mi marido agotó su mes de vacaciones para estar conmigo. No paró de hablar. Necesitaba llenar de palabras mi prolongado silencio. Me sonreía precisamente por éso. Y ahí él recuperaba la fé en mi curación  y seguía hablándome y demostrándome que hacerse el sordo era su manera de quererme. Me contestó a muchos interrogantes que dejaba yo en el aire, mientras él miraba la tele o simulaba no hacerme caso en mis peroratas infinitas durante la cena.

Me esforcé en descansar mucho y recuperarme porque lo veía tan preocupado, tan desesperado, como un niño perdido... Comencé poco a poco a hablar hasta recuperar a la cotorra que hay en mí.

Me gusta mucho la gente que habla y la defiendo con uñas y dientes. Pero a las mujeres más.




lunes, 6 de enero de 2014

La zampabollos

Mi amiga P. acaba de divorciarse y, como muchas, dice estar genial, mejor que nunca, estupenda y querer sólo relaciones sin mucha o  ninguna trascendencia. Me río para mis adentros porque sé que no es verdad. Le hablo un poco de  la gente sola  que conozco de su edad, para que se ría.

-Prepárate porque lo vas a flipar.
-"Es un asco".
- Será lo que quieras pero es lo que yo veo y más de lo que me gustaría.  Por ejemplo tenemos a R.   Es un tipo que parece  adorable y encantador pero lleva unos cuantos años coleccionando mujeres guapas. No quiere a cualquiera colgada de su brazo, quiere a mujeres de anuncio, pero de su talla, porque él no es muy alto.  Las quiere femeninas, es decir "pijas", que no digan tacos, que sean cultas, que le gusten, que tengan un buen trabajo.  Y que sean delgadas, con ese patrón de belleza que se nos ha vendido como I-DE-AL. Es decir, qué tú y yo somos gordas... O exhuberantes, que es lo mismo que llamarte gorda, por si te pasa. A lo que iba, R. es un hombre con un concepto muy anticuado y tradicional de la vida, que piensa que todos los hombres son como él.
-De esos ya no quedan.
-No poco.

-Y vuelvo a lo de gordas porque resulta que, como con muchas otra cosas, nos hemos vuelto intolerantes.  Es casi un delito estarlo. Por éso me gusta la gente que impone su físico orondo y come bien, y disfruta comiendo.

También me gustan las mujeres que reconocen abiertamente lo que quieren. Y los hombres. Aunque sea estrambótico.

"Mucha gente sola necesita revisar  el estado de su salud mental. Cuidarla, mimarla, aceptar que ser humano es algo bueno para empezar", me comenta una abogada que atiende cada vez más casos de divorcio.

"Y la salud mental está muchas veces por encima de lo material, de las luchas encarnizadas, de quien tenga o no la razón. No es sólo lo qué le haces al otro. También es lo que te haces a ti mismo".

Es una mujer mayor, podría ser mi madre. No nos entiende. A los que podríamos ser sus hijos. Le digo que yo tampoco nos entiendo. A veces ni siquiera a mí misma. Y hablamos del peligro de generalizar.

Mi amiga queda conmigo para tomar algo y me dice que hace mucho frío ahí fuera. Que la llamaron zampabollos. (Ya volvemos, efectivamente, a la neurosis de la delgadez). Aclaro que mi amiga no está gorda, está bien, muy bien. Pero no está macrodelgada  ni tiene el pelo largo y planchado. Es ella misma. Una mujer de cuarenta y muchos años.
A otra que conocemos le dijeron que tendría que estar más tonificada. Se lo dijo un pulgarcito sin cuello. Curiosamente, quienes más defectos físicos señalan son quienes más deberían callarse.

Le digo que a los que les gustan mujeres delgadas de pasarela, es decir famélicas, habría que reprogramarles el cerebro. Que están mal. Y me sonrío porque conozco hombres con estos gustos a los que quiero mucho.

Ellos también se quejan. Un chavalote guapo, que nada casi todos los días, que vive de la práctica del deporte me dice que las mujeres de su edad  (treinta y pocos) lo desprecian porque ni es guapo ni está forrado. Me atraganto con mi propio bolo de comida. ¿No eres guapo tú? ¡Acabáramos! Como casi puedo ser su madre; nunca he sido una asalta cunas, y soy un taxi ocupado, le digo que frecuente otros locales, que respire otros aires. Me pregunto si su queja es facilona. Si lo dice porque sí.

Otro amigo de mi edad, que está intentando reconducir su vida después de una separación amigable. "Tan amigable que es repugnante" me cita para contarme sus aventuras. Le gustaba mucho una compañera de trabajo y le propuso salir. Me dijo que me faltaban cinco o diez centímetros de altura, que le gustaban altos. ¿Y tú que le respondiste? Que 1,73 es la talla media de mi edad y que acababa de descubrir que a ella le faltaba cerebro.Mucho más que el cinco o el diez por ciento. La dejé allí sentada, boquiabierta y me largué. Le felicité. A veces, hay que hacerlo. Responder a una agresión con otra. Poner en su sitio a esta gente que hace castings sin siquiera tomarse el trabajo de descubrir que hay bajo la piel de alguien que mide 173 centímetros y tiene 48 años pero tiene un corazón que no le cabe en el pecho. A mí también me acusaron de no ser alta. Mi respuesta fué más cafre. "¿Pues sabes donde te faltan a ti los centímetros?"

También tengo una talla media para mi generación. también decidí un día que hay comportamientos que no deben permitirse.

Leo un reportaje sobre las llamadas que solos y enfermos de soledad hacen en esta ciudad al 092. Los policías, el que habla en este caso a la periodista, lo atribuye a la crisis. Supongo que sí, que una parte sí, pero otra, estoy segura, es de gente que necesita que alguien la escuche.

Me preocupa mucho la soledad de la gente mayor. A la que nadie quiere ya escuchar y les presto oídos. Y sé que tengo un detector porque cuando me pillan por banda no me sueltan y hablan como si llevasen una vida sin hacerlo. Me cansan y me aburren pero los entiendo. "Yo nunca fuí una charlatana, ¿sabe? Pero es que no tengo con quien hacerlo. Mis amigos han muerto, mi marido también. Adopté este perro para tener un motivo para salir de casa y hablar con la gente, y porque me hace mucha compañía". La entiendo, la escucho, aunque su cháchara me canse y se repita constantemente contándome las mismas cosas. ¿Le ocurre ésto a todo el mundo que tiene cierta edad?

La soledad de esta mujer es la consecuencia del paso de los años. La de mi generación debería ser incluida en esos tratados de la OMS. Sólos que no saben estar solos;  no quieren aprender a vivir solos, que ni se quieren a sí mismos ni pueden ser queridos por otros. Casi siempre abandonados por parejas. Incapaces de reconocer ante sí mismos de lo necesitados que están de terapia. A veces de tratamiento, incluso.

Este es el tipo de gente con el que se tiene que relacionar mi amiga, la zampabollos; mi amigo al que le faltan cinco o diez centímetros para que la mujer que le gustaba lo luzca colgado de su brazo; el treintañero que se queja de que no hay mujeres a su edad que sepan apreciarlo. Entre tanto, hay gente como ellos, que busca una segunda oportunidad. Que quiere que le quieran como nunca lo hizo su consorte; que han aprendido a lidiar con la soledad y les gusta, y valoran sus bondades. "Yo no quiero renunciar a ella del todo. No quiero convivir con nadie". Le entiendo. Mi amigo ha tenido una relación de guerra constante. Tiene su carácter. Ese motor que también se enciende como el mío. No quiere que nadie le soporte. Pero necesita, él lo sabe y yo también, descubrir si hay alguna mujer por ahí con la que tener una relación sosegada y sin altibajos, que le quite de encima esa carga de culpabilidad de su primera y única relación. Le digo y le repito que cuando el respeto se pierde no hay nada que hacer. Intento liberarle de su pesada carga e imploro para que una mujer muy diferente a su ex aparezca en su vida y le reafirme en lo tranquilo y simpático que puede ser cuando nadie lo presiona ni lo reta constantemente.











viernes, 22 de noviembre de 2013

La intuición

Leo algún blog que me inspira y recuerdo a quien nos recordaba que "la intuición es la inteligencia demasiado veloz". No la tuvimos en cuenta hasta hacernos mayores. Curioso.

Hablo sin parar con mi amiga y después lo lamento. No es un monólogo pero casi. Recuerdo a Chema, otro sin palabras (conozco unos cuantos) que me repetía una y otra vez:  cuando se habla mucho se acaba por decir cosas que no se quieren decir. También ocurre cuando se habla poco.Es algo que he descubierto hace no tanto.

Mi amiga está muy entera aunque lleve escrito en la cara el estrés y cierto dolor que no saca a relucir conmigo pero sé que está ahí. Es un proceso natural.

En la calle, a las ocho de la mañana de un día de frío, dos personas se encuentran y hablan de como anda todo el mundo. Lo susurran, como si en lugar de ser una consecuencia del precio que nos están haciendo pagar por sus desmanes, fuese responsabilidad nuestra.  A mí como a S. me duelen  las cosas que les pasan a los demás. Somos empáticos e intuitivos. No sé si es buena o mala mezcla.

No le conozco personalmente pero el diario de su enfermedad me ha tocado. La salud es lo único importante, tiene razón Marta, éso se sabe cuando se pierde. No pienso que el relato de su proceso de recuperación sea exhibicionista. Está claro que le ayuda. Éso es lo único importante.

Entiendo que la gente quiera olvidarse de sus problemas y que éste sea un país de graciosos, como dice C., y que quien alberga penas tenga la tentación de ocultarlas,  pero sé que tragarse las cosas que le hacen daño es un viaje peligroso para el sujeto que lo emprende.

 Puede que socialmente no esté bien visto en un país al  que le gusta reírse. A mí también. Mi objetivo número uno es  no amargarme la vida. Aunque confieso que comienzo a  hartarme de cierta gente que  pretende tener gracia en los medios de comunicación. No todo el mundo vale para éso. Un soso intentando ser gracioso es patético.

Alguna  gente que conozco, más de la que me gustaría,  lo pasa mal. No se regodean. Algunos se ríen de su mala suerte o de su desgracia, según se mire. No huyo de gente así. Son amigos o gente que quiero. A veces me afecta. Aunque yo no pueda quejarme, sería egoísta, no quiero mantenerme al margen. Algunos se refugian en el silencio pero la gravedad de sus gestos lo dice todo. Casi todos somos más transparentes de lo que pensamos.

Me paso el día buscando chorradas para reírme y hacer reír. Y se las envío. Y les presto oídos, y les acompaño.

Y me digo que sí, que hay que pasar página, y ser fuertes, y luchar, y no dejarse vencer pero hay ciertos acontecimientos que llegan a la vida de cualquiera, sin buscarlos, y si toca penar, pues habrá que aceptarlo y asumirlo, digo yo. Sin dejarse arrastrar pero viviendo lo que toca.

No sé, esta noche me ha dado por reflexionar sobre las actitudes tan poco saludables que se nos han inculcado y de las que cuesta tanto liberarse.

En mi caso me aplico el consejo que le dió John Huston a su propia hija en su lecho de muerte, según palabras de la propia Angélica:  "Fíate de tu  intuición".





viernes, 15 de noviembre de 2013

Contando las horas

Directa relación entre sus movimientos y mi imaginación calenturienta. Me susurra algo inaudible y reconstruyo lo que no he conseguido descifrar a algo que me agradaría oír.

En una esquina de un bar emborrono una libreta. Hago que pinto aunque nunca he sabido dibujar y pongo la oreja, uno de mis vicios secretos. Hablan de su viaje a la ciudad con la que ahora me reencuentro. La que fue mía. Fantasean sobre un improbable viaje a Nueva York y al MOMA. Dirán que han estado allí. "Para mentir bien hay que documentarse".

Vuelvo a mi rincón. Dos mujeres muy jóvenes destripan sus afectos y racionalizan al máximo,  sus relaciones actuales. No sale la palabra amor, ni cariño, pero sí sale cazar, atrapar y un sinfín de posesivos; inapropiados desde mi punto de vista.

Mi runrún, inaudible en medio de la rutina, se hace dueño de mí en un fin de semana de asueto y regreso enfadada. Conmigo misma. No lo pretendía pero he tenido un inside y las conclusiones son demoledoras.

Mis reencuentros funcionan. Mis amigos guardan. No cuentan mucho de lo que les sucede, aunque gestos mínimos les delaten.

En un momento concreto,  es la mujer de uno de ellos la que saca a relucir el motivo de aflicción, con espontaneidad y sin aspavientos.

Intuyo sufrimiento en mi amigo que lleva su desamor con tal dignidad que me sorprende. Me admira su tranquilidad. Sé que la procesión va por dentro y no digo nada pero sé que exteriorizaría bastante más y monologaría sin parar sobre los motivos de la ruptura, sobre su necesidad o la injusticia de su sorpresa.

Hablaría de mí y del sufrimiento, y la emoción me embargaría. ¡Un coñazo!

Mi amiga, que trabaja en la salud pública, y es sabia, dice que guiarse por el corazón y no por la cabeza es lo que nos hace únicos e irrepetibles.

Su hija de catorce me hace notar que mi desconcierto es el suyo y comparte conmigo que los problemas hay que contarlos, gritarlos, llorarlos o sumergirlos bajo el peso de 80 kilómetros en bici o una caminata de horas.

Queremos las mismas cosas aunque nos sintamos especiales. Nos une mucho más de los que nos separa.

Mi perro tiene una vida regalada y duerme casi todo el día y alguien me hace notar que quizá seamos una raza superior pero no demasiado inteligente cuando nuestras mascotas viven como reyes mientras nosotros nos matamos a trabajar o sufrimos como animales; adelantándonos a las situaciones que aún no se han producido, y quizá ni siquiera nos toque vivir, poniéndonos siempre en la peor situación.

Le echo de menos físicamente.  Le sugiero, de broma, que me trate como una vulgar amante de los años sesenta en España, con su pisito montado. Se ríe. Ya faltan algo más de 24 horas y el tiempo no se acaba de pasar.

Las dudas se disipan y he decidido dejar de pensar en ese terreno y sólo sentir. Sea cual sea el resultado y previendo que todo tiene un final.

Suena Keane. Una canción que me gusta. También a D. Cada uno recuerda como acude a un conciertazo de un grupo como éste, que tampoco acaba de convencernos e intercambiamos exaltados la misma común experiencia. Animales de directo nos ganan para su causa.

Leo sus últimos "guachaps". Me escribe algo que apenas se atreve a pronunciar. Me sonrío. Lo ha dicho, aunque sea por escrito. No sé si debo otorgarle un significado especial, pero me gusta leerlo . Por extraño que parezca hubiese preferido escucharlo. En un caso como el suyo, tiene mucho valor, extraordinario por inusual.

Mañana será un gran día o no.

Cuento las horas y ne mata la ansiedad.