Mi amigo es un especimen un tanto extraño. Se casó con la mujer que conoce prácticamente desde su primera comunión y fué razonablemente feliz hasta que, por razones que no vienen al caso, ella decidió poner fin a su matrimonio.
Lo pasó muy mal, sufrió mucho, atravesó esa larga travesía del desierto, que incluyó en su caso muchas copas, muchos lloros, una obsesión monotemática (¿por qué me dejó?) una inexplicable e irreal sensación de soledad y abandono, cierta dejadez física...!En fin! Lo habitual...
Tarde o temprano conocerás a alguien, ya verás, le decíamos todos. Y la conoció y se enganchó y confundió química con amor. (Ya digo que mi amigo salió del cascarón para jurar fidelidad eterna ante un altar, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza y cumplió como un campeón).
Ahora está viviendo una nueva adolescencia con 50 años de edad. Está en onda poligámica desaforada. Las amigas le reñimos. Porque quiere sólo sexo pero actúa como tantos varones, vende amor y ternura y flores y perfumes...Ese romanticismo barato y apestoso, sobre todo por falso.
La verdad es que entiendo que tenga que vivir lo que no vivió pero me pregunto que extraña idea tienen los hombres sobre las mujeres. "Son de una simpleza que asusta", dice mi amiga. Y es verdad, te lo corrobora cualquier varón, pero nosotras no. Debe ser eso.
El mercado del ganado cansa y mi amigo ya pide a gritos un parón.
- "¿Por qué no existirá una máquina donde introduzcas todos tus datos y te salga la mujer que buscas? Que tenga un trauma, sólo uno y sencillito, por ejemplo, me dice..."
-Sí, hombre, una replicante, como en Blade Runner, ¿no?
Yo me mondo. ¿Sencillito? ¡Pero si las sencillitas le aburren! ¡No las soporta!
Cargado de culpabilidad por la récua de cadáveres que ha ido dejando a su paso en el último año, se justifica una y otra vez.
No sé cuánto le durará aún la fase poligámica pero intuyo que acabará como muchos solos adultos y que vienen ya de vuelta: Cansado, aburrido, perezoso...Apuntándose al club de la amante fija.
Con otra mujer adulta que quiera desahogos puntuales y que no le rompan la cabeza. Y, sobre todo, que no le hablen de amor, perfumes, princesas ó flores.
O éso o se tropieza con la que lo atrape denitivamente ...¿PAra siempre? Para siempre o por un tiempito. Que por lo visto nada es eterno, el amor tampoco.
martes, 23 de agosto de 2011
jueves, 9 de junio de 2011
Mujeres y hombres.
Una siempre tiene la impresión de que el desconcierto que muchas mujeres tienen con los hombres es único y exclusivo de las que estamos solteras, separadas ó divorciadas. Incluso piensa que sólo le pasa a mujeres de su generación. Y como tengo muchos amigos hombres, cada vez más, y desde niña me relaciono estupendamente bien con ellos, me niego a entrar en una guerra estúpida con los de ese género o a pensar que las mujeres somos mejores.
Recientemente, sin embargo, he descubierto que lejos de evolucionar y avanzar en este aspecto, también se involuciona y mucho. Las mujeres más jóvenes te lo dejan claro, los de su edad son más machistas que los nuestros.
Pero el problema no es sólo el machismo. El problema es que están perdidos. No saben relacionarse con las mujeres de hoy día. Como dice alguien a quien aprecio mucho, la revolución pendiente es la masculina. E igual que muchas casadas maldicen a la madre que ha educado a su prenda, algunas de las que nos relacionamos con separados o divorciados, maldecimos a la antecesora, que permitió ser quien es al monstruito con el que ahora te enfrentas.
Por no hablar de la alargada sombra que proyectan algunas ex, sobre todo si fueron ellas las que los dejaron. Eso le ocurre a mi amigo Suso, que no para de mentarla, casi siempre para mal, y luego dice aquello de, “no sé por qué no consigo enamorarme de otra cuatro años después”. ¿Pues por qué va a ser? Porque aún andas arreglando cuentas con la primera en tu cabeza.
No es exclusivo masculino, es cierto, pero como dice otro sabio amigo de 60, “los hombres digieren peor el dolor que las mujeres, ya sea físico o emocional” y él de eso sabe que es médico.
Por estas y otras causas hay mujeres que deciden utilizarlos sexualmente como ellos han hecho siempre con nosotras. No tanto por gusto, o eso dicen, sino porque están convencidas de que jamás las comprenderán y las querrán como les gustaría ser queridas.
Otras se aíslan cada vez más y barruntan si lo de ser lesbiana no sería mala cosa. Y algunas nos empeñamos en entendernos con ellos, comenzando por explicarles que tú no eres ni quieres ser como su madre y menos aún como su ex.
Es más, intentas que comprendan que la clave está en que dejen de mirarte como mujer- ser de otro planeta y comiencen a mirarte como mujer-persona de su misma especie, como a un igual que merece el mismo trato que a ellos les gustaría recibir y a la que normalmente le atormentan los mismos pesares.
Recientemente, sin embargo, he descubierto que lejos de evolucionar y avanzar en este aspecto, también se involuciona y mucho. Las mujeres más jóvenes te lo dejan claro, los de su edad son más machistas que los nuestros.
Pero el problema no es sólo el machismo. El problema es que están perdidos. No saben relacionarse con las mujeres de hoy día. Como dice alguien a quien aprecio mucho, la revolución pendiente es la masculina. E igual que muchas casadas maldicen a la madre que ha educado a su prenda, algunas de las que nos relacionamos con separados o divorciados, maldecimos a la antecesora, que permitió ser quien es al monstruito con el que ahora te enfrentas.
Por no hablar de la alargada sombra que proyectan algunas ex, sobre todo si fueron ellas las que los dejaron. Eso le ocurre a mi amigo Suso, que no para de mentarla, casi siempre para mal, y luego dice aquello de, “no sé por qué no consigo enamorarme de otra cuatro años después”. ¿Pues por qué va a ser? Porque aún andas arreglando cuentas con la primera en tu cabeza.
No es exclusivo masculino, es cierto, pero como dice otro sabio amigo de 60, “los hombres digieren peor el dolor que las mujeres, ya sea físico o emocional” y él de eso sabe que es médico.
Por estas y otras causas hay mujeres que deciden utilizarlos sexualmente como ellos han hecho siempre con nosotras. No tanto por gusto, o eso dicen, sino porque están convencidas de que jamás las comprenderán y las querrán como les gustaría ser queridas.
Otras se aíslan cada vez más y barruntan si lo de ser lesbiana no sería mala cosa. Y algunas nos empeñamos en entendernos con ellos, comenzando por explicarles que tú no eres ni quieres ser como su madre y menos aún como su ex.
Es más, intentas que comprendan que la clave está en que dejen de mirarte como mujer- ser de otro planeta y comiencen a mirarte como mujer-persona de su misma especie, como a un igual que merece el mismo trato que a ellos les gustaría recibir y a la que normalmente le atormentan los mismos pesares.
miércoles, 1 de junio de 2011
El miedo como motor
Una de las frases que más escucho últimamente es la consabida, “a veces me dan ganas de dejarlo todo y desaparecer” y lo entiendo. A mí también me pasa. Es una consecuencia de los tiempos que nos han tocado vivir.
Muchos tenemos la sensación de que este hundimiento económico no es uno más, que en realidad va a suponer el fin del mundo que conocíamos y el comienzo de otro. En realidad lo percibíamos incluso antes.
Nuestro problema es que nos tememos que ese nuevo mundo nos guste todavía menos que el ya conocíamos. Y nos da por defender, por ejemplo, la manutención del estado del bienestar, que lleva años poniéndose en tela de juicio, por cierto.
Parece que ahora se hayan decidido, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, a darle la estocada final. Y nos da miedo, un miedo tremendo, imaginar lo que vendrá.
Resistir es la frase que se ha puesto de moda: "Resistir para mantener mi puesto de trabajo, para no cerrar la empresa, para llegar a fin de mes con un sueldo que lleva años congelado o se ha visto reducido considerablemente (con precios cada día más elevados); para darle un futuro a mis hijos; para conseguir empleo antes de que se me acabe la prestación..."
El país se ha llenado de resistentes más o menos pacíficos, más o menos atemorizados, más o menos Indignados. De hecho, ahí está un movimiento que se ha decidido no sólo a plantar cara si no también a rechazar el modelo de mundo que se avecina. Pero, no nos engañemos, crece también más o menos silenciosamente la indignación que se traduce en apoyo a la ultraderecha, a medidas racistas y excluyentes. Comienzan a ser legión los que concluyen que la vuelta a un pasado que me hace estremecer sería la mejor solución.
En realidad me preocupa mucho ese miedo inoculado durante los últimos años, muchos en realidad, incluso antes de que las torres gemelas se viniesen abajo, como cifran ciertos manuales.
Un miedo que se extiende como una mancha de aceite al terreno más personalísimo.
Conozco cada vez más gente que tiene miedo a decir lo que piensa, por no hablar de los que simplemente tienen miedo a pensar. Me hace gracia que me digan, "cuidado con lo que escribes en el facebook", como si ese pretendido poder oculto, de existir de esa forma tan organizada, no lo supiese todo de mí.
Pero me preocupa, y cada vez más, la colección de miedos que todos compartimos en este siglo XXI. Miedo a crecer, madurar, cambiar y aceptarnos.
Infinidad de "piterpanes" de todas las edades y ambos sexos pululando por doquier; miedo a volver a enamorarnos o a volver a confiar, inciando en algunos casos una guerra contra el otro que no aporta nada bueno.
Nos negamos, "a cierta edad", la posibilidad también de hacer nuevos amigos. Incluso conozco gente que mantiene que con la madurez uno tiene que vivir con pesados lastres de sí mismo que le hacen mucho daño porque es que uno es así, y qué le va a hacer (nuevamente peterpanismo).
Lo peor de todo no es la amargura e infelicidad que producen muchas de estas decisiones. Lo peor es que gran parte de la sociedad en la que vivimos las fomenta y las aplaude, de manera que he llegado a la conclusión de que, en el fondo, a este mundo en el que vivimos también le conviene que mantengamos esos miedos, que el miedo continúe a ser, en todo, nuestro verdadero motor.
Muchos tenemos la sensación de que este hundimiento económico no es uno más, que en realidad va a suponer el fin del mundo que conocíamos y el comienzo de otro. En realidad lo percibíamos incluso antes.
Nuestro problema es que nos tememos que ese nuevo mundo nos guste todavía menos que el ya conocíamos. Y nos da por defender, por ejemplo, la manutención del estado del bienestar, que lleva años poniéndose en tela de juicio, por cierto.
Parece que ahora se hayan decidido, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, a darle la estocada final. Y nos da miedo, un miedo tremendo, imaginar lo que vendrá.
Resistir es la frase que se ha puesto de moda: "Resistir para mantener mi puesto de trabajo, para no cerrar la empresa, para llegar a fin de mes con un sueldo que lleva años congelado o se ha visto reducido considerablemente (con precios cada día más elevados); para darle un futuro a mis hijos; para conseguir empleo antes de que se me acabe la prestación..."
El país se ha llenado de resistentes más o menos pacíficos, más o menos atemorizados, más o menos Indignados. De hecho, ahí está un movimiento que se ha decidido no sólo a plantar cara si no también a rechazar el modelo de mundo que se avecina. Pero, no nos engañemos, crece también más o menos silenciosamente la indignación que se traduce en apoyo a la ultraderecha, a medidas racistas y excluyentes. Comienzan a ser legión los que concluyen que la vuelta a un pasado que me hace estremecer sería la mejor solución.
En realidad me preocupa mucho ese miedo inoculado durante los últimos años, muchos en realidad, incluso antes de que las torres gemelas se viniesen abajo, como cifran ciertos manuales.
Un miedo que se extiende como una mancha de aceite al terreno más personalísimo.
Conozco cada vez más gente que tiene miedo a decir lo que piensa, por no hablar de los que simplemente tienen miedo a pensar. Me hace gracia que me digan, "cuidado con lo que escribes en el facebook", como si ese pretendido poder oculto, de existir de esa forma tan organizada, no lo supiese todo de mí.
Pero me preocupa, y cada vez más, la colección de miedos que todos compartimos en este siglo XXI. Miedo a crecer, madurar, cambiar y aceptarnos.
Infinidad de "piterpanes" de todas las edades y ambos sexos pululando por doquier; miedo a volver a enamorarnos o a volver a confiar, inciando en algunos casos una guerra contra el otro que no aporta nada bueno.
Nos negamos, "a cierta edad", la posibilidad también de hacer nuevos amigos. Incluso conozco gente que mantiene que con la madurez uno tiene que vivir con pesados lastres de sí mismo que le hacen mucho daño porque es que uno es así, y qué le va a hacer (nuevamente peterpanismo).
Lo peor de todo no es la amargura e infelicidad que producen muchas de estas decisiones. Lo peor es que gran parte de la sociedad en la que vivimos las fomenta y las aplaude, de manera que he llegado a la conclusión de que, en el fondo, a este mundo en el que vivimos también le conviene que mantengamos esos miedos, que el miedo continúe a ser, en todo, nuestro verdadero motor.
martes, 29 de marzo de 2011
Morriñas
Hay días tontorrones como éste, con más bien pocas horas de sueño encima, en los que una llega a casa y escucha en el contestador la voz de una amiga a la que quiere y que vive a miles de kilómetros, y ganas le dan de contravenir la norma de no tirar la casa por la ventana con estos dispendios y marcar su número y charlar larga y apaciblemente, con las palabras justas, las pocas que realmente se necesitan cuando comunicas con alguien que te conoce hace tanto tiempo.
A lo tonto se me fué la cabeza a veinte años atrás, en otra ciudad, con ella y con W. Lo mucho que nos divertíamos las tres, lo que nos ha gustado siempre reirnos, y como nos hemos mantenido fieles a unos cuantos principios a lo largo de los años.
El fundamental es que somos mujeres que siempre conseguimos sacar a flote nuestro sentido del humor pese a nuestra colección de pesares.
Soñamos con poder reunirnos en algún lugar del país, con o sin niños, porque hace ya demasiados años que algo así no sucede y creo que las tres lo necesitamos.
Me detengo a repasar la serie de placeres físicos e intelectuales que compartimos: una buena peli, ciertos libros, el chocolate, alguna perdición, y también cierta mutua emotividad que a veces se desborda, cierta facilidad para llorar si eso ocurre pero hacerlo, sin embargo, muy poco o nada cuando nuestras vidas no marchan. Ahí sólo nos remangamos y luchamos a brazo partido por mantenernos firmes.
Echo de menos a amigas como éstas, de tantos años, con las que una ha vivido tanto y tiene tanto pasado en común. Son ese tipo de gente con la que pase el tiempo que pase la relación se vuelve a retomar como si nos hubiésemos visto antes de ayer.
Me lo he propuesto, planear un encuentro a tres bandas este mes de junio en algún lugar del norte de España. ¿Podremos? ¿Será esta vez? Yo creo que ya toca.
A lo tonto se me fué la cabeza a veinte años atrás, en otra ciudad, con ella y con W. Lo mucho que nos divertíamos las tres, lo que nos ha gustado siempre reirnos, y como nos hemos mantenido fieles a unos cuantos principios a lo largo de los años.
El fundamental es que somos mujeres que siempre conseguimos sacar a flote nuestro sentido del humor pese a nuestra colección de pesares.
Soñamos con poder reunirnos en algún lugar del país, con o sin niños, porque hace ya demasiados años que algo así no sucede y creo que las tres lo necesitamos.
Me detengo a repasar la serie de placeres físicos e intelectuales que compartimos: una buena peli, ciertos libros, el chocolate, alguna perdición, y también cierta mutua emotividad que a veces se desborda, cierta facilidad para llorar si eso ocurre pero hacerlo, sin embargo, muy poco o nada cuando nuestras vidas no marchan. Ahí sólo nos remangamos y luchamos a brazo partido por mantenernos firmes.
Echo de menos a amigas como éstas, de tantos años, con las que una ha vivido tanto y tiene tanto pasado en común. Son ese tipo de gente con la que pase el tiempo que pase la relación se vuelve a retomar como si nos hubiésemos visto antes de ayer.
Me lo he propuesto, planear un encuentro a tres bandas este mes de junio en algún lugar del norte de España. ¿Podremos? ¿Será esta vez? Yo creo que ya toca.
domingo, 13 de marzo de 2011
ME GUSTA
Me gusta leer, escribir, los fines de semana en la cama hasta tarde; me gusta el olor de los libros nuevos y hundir la nariz en las hojas para aspirar el olor, igual que el de la tierra mojada cuando llueve en verano.
La gente que no confunde franqueza con mala educación; los hombres altos; la gente sensible que sabe ver dentro de una y a la que le sobran las explicaciones.
Me gustan los hombres sinceros que no gustan de jugar con los sentimientos ni que nadie lo haga con los suyos; los que tienen resistencia psicológica porque han sufrido y se han levantado; los que luchan por mantener intacta su sonrisa pase lo que pase; la gente a la que le gusta reirse...
Los que no viven pendientes de lo que de ellos digan; la gente autónoma; los artistas un poco neuróticos ( "ojo" no para compartir casa con ellos, son inaguantables)...La gente un poco original, los graciosos; los que siempre se las arreglan para decir algo agradable y si no tienen nada agradable que decir, se callan.
Me encantan los niños educados, la gente que piensa; los reflexivos y analíticos; me pirran los hombres racionales pero me hacen sufrir un montón.
Me gustan muchas cosas, que me de la lluvia en la cara cuando estoy cabreada, jugar a mosquear a mi perro, hablar con los niños con lengua de trapo; la playa sin gente; las ciudades sin gente, cuando todos se han ido de vacaciones y firmarías para que no volviesen.
Me gusta también la soledad a veces. Y las matemáticas. Y contar historias inventando un poco; la gente con imaginación. Los que te valoran por quien eres tú independientemente de tus ingresos, tu trabajo, tu procedencia...
Me gustan las mujeres fuertes como amigas porque siempre te ayudarán en los momentos difíciles. La gente que acude cuando las cosas no van bien, esa con la que siempre se puede contar.
Me gusta mucho viajar, me gusta soñar despierta, me gusta el olor del perfume de mi madre.
Me encanta recordar mi niñez, como los veranos jugando a indios y vaqueros, las meriendas de moras salvajes en el faro viendo la puesta de sol ó la torre de galletas maría en la playa, aterida de frío, mientras el sol me calentaba la espalda, después de que me hubiesen sacado del agua contra mi voluntad; la playa en mayo, cuando los días eran largos y hacía calor, y mi madre nos iba a recoger con el bañador y las toallas, a la vuelta del cole.
Me gustan infinidad de cosas.
La gente que no confunde franqueza con mala educación; los hombres altos; la gente sensible que sabe ver dentro de una y a la que le sobran las explicaciones.
Me gustan los hombres sinceros que no gustan de jugar con los sentimientos ni que nadie lo haga con los suyos; los que tienen resistencia psicológica porque han sufrido y se han levantado; los que luchan por mantener intacta su sonrisa pase lo que pase; la gente a la que le gusta reirse...
Los que no viven pendientes de lo que de ellos digan; la gente autónoma; los artistas un poco neuróticos ( "ojo" no para compartir casa con ellos, son inaguantables)...La gente un poco original, los graciosos; los que siempre se las arreglan para decir algo agradable y si no tienen nada agradable que decir, se callan.
Me encantan los niños educados, la gente que piensa; los reflexivos y analíticos; me pirran los hombres racionales pero me hacen sufrir un montón.
Me gustan muchas cosas, que me de la lluvia en la cara cuando estoy cabreada, jugar a mosquear a mi perro, hablar con los niños con lengua de trapo; la playa sin gente; las ciudades sin gente, cuando todos se han ido de vacaciones y firmarías para que no volviesen.
Me gusta también la soledad a veces. Y las matemáticas. Y contar historias inventando un poco; la gente con imaginación. Los que te valoran por quien eres tú independientemente de tus ingresos, tu trabajo, tu procedencia...
Me gustan las mujeres fuertes como amigas porque siempre te ayudarán en los momentos difíciles. La gente que acude cuando las cosas no van bien, esa con la que siempre se puede contar.
Me gusta mucho viajar, me gusta soñar despierta, me gusta el olor del perfume de mi madre.
Me encanta recordar mi niñez, como los veranos jugando a indios y vaqueros, las meriendas de moras salvajes en el faro viendo la puesta de sol ó la torre de galletas maría en la playa, aterida de frío, mientras el sol me calentaba la espalda, después de que me hubiesen sacado del agua contra mi voluntad; la playa en mayo, cuando los días eran largos y hacía calor, y mi madre nos iba a recoger con el bañador y las toallas, a la vuelta del cole.
Me gustan infinidad de cosas.
viernes, 4 de marzo de 2011
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